viernes, 12 de enero de 2018

"Un Cura de Pueblo"



"Un Cura de Pueblo"

Un sacerdote  claretiano conoce la memoria histórica de El Castillo y ahora colabora en la reconstrucción social para que desde el dolor se construya un tejido social diferente. El padre Henry Ramírez ha logrado llegar  a sitios tan recónditos del país donde el Estado no ha ido y salvarse la de muerte.

El padre Henry Ramírez Soler, tiene 43 años, es un sacerdote claretiano, cuya misión ha transcendido más allá de sus labores como religioso. Es un defensor de derechos humanos y acompañante incesante de las víctimas del conflicto armado en Colombia, a quienes ha defendido a toda costa. Les ha ayudado a buscar sus familiares desaparecidos, a exhumar sus muertos y cree que la falta de identificación de los N.N. en este país es también falta de voluntad institucional.
Entre sus mayores logros está haber participado en la elaboración del Protocolo Humanitario de Exhumaciones, acompañar a las víctimas en el marco del conflicto armado por más de 20 años, y socorrer a las comunidades desplazadas, principalmente en la región del Ariari.  El sacerdote es miembro de la Corporación Claretiana Norman Pérez Bello, cuyo fin es trabajar por la dignidad de los más vulnerables y excluidos.
Algunas organizaciones de víctimas, entre ellas, el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), la Mesa de Trabajo sobre Desaparición Forzada de la Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos, y la Ruta Pacífica de Mujeres, lo postularon para ser Director de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD). Aunque no llegó a ser su director, el padre Ramírez sigue de cerca cada paso del posconflicto, habla con propiedad de los temas políticos que pueden afectar los derechos de las víctimas
Ramírez nació en Bogotá, y proviene de una humilde familia boyacense. Su niñez trascurrió en Samacá de donde era oriundo su padre. A sus 11 años de edad quedó huérfano, condición que lo hizo más débil ante el dolor ajeno pero más fuerte ante las adversidades.
“El haber vivido mi infancia y adolescencia sin papá y mamá, hizo que generara cierta responsabilidad de asumir la vida de una manera directa y autónoma”, expresó el sacerdote, quien se sintió identificado con la vocación de los claretianos de ser defensores de los derechos humanos.
“Mis estudios de primaria y secundaria los realicé en el Colegio Cooperativo de Bosa, un sector muy popular de la capital colombiana. Con la experiencia de trabajo comunitario en barrios vulnerables con grupos juveniles de parroquias de orden claretiano, aboné el camino para ingresar a mis 18 años a la Congregación de los Misioneros Claretianos”, recuerda.
Ramírez no solo ha dedicado su tiempo a los más necesitados, sino a estudiar  para dar de su sabiduría. El sacerdote es Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, y estudió Teología en la Pontificia Universidad Javeriana. Cuando realizaba este último estudio hacia el año 1997, tuvo la experiencia de conocer la región del Ariari en el Meta, específicamente el municipio de El Castillo.
Allí se encontró con las viudas, y los huérfanos de miembros de la Unión Patriótica, los cuales habían sido asesinados por paramilitares entre el año 1985 y 1990. Con las Farc en la región, la cual hizo presencia por décadas en El Castillo, “esto era catalogado una zona roja, y los jóvenes tenían que ir  a Villavicencio a sacar su cédula para luego no ser estigmatizados”, relata.
Ya en el 2000, luego de culminar sus estudios de Teología, y visitar cada 15 días la región de Medellín del Ariari para fundar la misión claretiana en este territorio, fue enviado definitivamente a vivir allí. En el año 2001 se ordenó como sacerdote en esta inspección. Desde ese momento, se hizo uno más de sus habitantes para tomar las las banderas de sus luchas.
El sacerdote relata como si fuera ayer, la manera como “se genera un desplazamiento de más de 700 familias, y  22 veredas de las 41 con las que cuenta el  municipio quedaron desalojadas, fueron asesinados miembros de las directivas de las Juntas de Acción Comunal, mujeres, hombres, y niños”.
Acompañó, de la mano de mecanismos internacionales hacia el año 2005 a 18 familias que decidieron regresar, y formar Civipaz, estableciendo una zona humanitaria de resistencia en la Vereda El Encanto en El Castillo, delimitada y definida como un espacio exclusivo de población civil, donde no se permitía el ingreso de ningún actor armado.
Más de cinco veces fue retenido para ser asesinado, pero siempre logró persuadir a sus captores con conversaciones sigilosas, y contundentes. Nunca se dejó intimidar, ni amedrentar, y no permitió que ningún actor armado, incluyendo el Ejército se inmiscuyera en sus asuntos religiosos y humanitarios. Había un mínimo de respeto por él.
Hoy en día el padre Ramírez, quien estudió hace pocos años sociología en Francia,  ayuda a empoderar su comunidad y la escucha desde la pequeña, y vistosa parroquia de Medellín del Ariari, cuyas paredes son grandes murales dibujados por víctimas del conflicto armado, quienes han realizado de su mano una catarsis para iniciar de nuevo su vida, y ser más organizativas.

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